Alejandro de Yugoslavia, muerte en Marsella

aleksandar-prvi-karadordevic-1349765529-217261El plan de los regicidas al disparar contra el rey en 1934 era provocar un caos tal en Yugoslavia que permitiese la entrada de las milicias croatas protegidas por Benito Mussolini.

Dos Alejandros han reinado en Serbia, y los dos fueron asesinados. A ambos se les conoce, además, con el ordinal “primero”, ya que uno lo fue sólo de Serbia mientras que al otro le tocó reinar sobre toda Yugoslavia. El primer Alejandro I (valga la redundancia) murió en 1903 tras un cruento golpe de Estado que tuvo como objetivo principal la captura y liquidación del monarca en su mismo palacio.

El magnicidio, trajo una nueva dinastía de la mano: la de los Karadordevic, que rivalizaban desde hacía años con la familia destronada. La corona cayó de este modo sobre la cabeza de Pedro I, un aristócrata ya metido en años que ejerció de perfecto pelele para los militares nacionalistas que mandaban a placer en Belgrado.

A su muerte en 1921 y con Yugoslavia ya unificada, los serbios coronaron por segunda vez a un Alejandro I, segundo hijo de Pedro.

El nuevo rey había recibido dos regalos que su padre no hubiera podido siquiera soñar tan sólo unos años antes. Por un lado la unión de serbios, croatas y eslovenos bajo un mismo cetro hacía realidad el viejo anhelo de sus antepasados. Por otro, Austria-Hungría, el eterno enemigo de la familia, desparecía del mapa gracias al tratado de paz de Trianon, que, por obra y gracia de las potencias vencedoras en la Gran Guerra, desmembraba el viejo imperio que tantas frustraciones había proporcionado a los nacionalistas serbios del siglo XIX. Trianon había entrado en vigor sólo quince días antes de que Alejandro ascendiese al trono. Un rey joven para un reino recién nacido que se estrenaba por todo lo alto en el concierto de las naciones.

Pero no todo eran mieles. La Yugoslavia de 1921 era un país extraordinariamente complejo que acababa de salir de una guerra devastadora. Arrastraba, por añadidura, un atraso secular que complicaba aún más la transición. Era el tercer país más pobre de Europa después de Bulgaria y Albania.

País endeudado

La falta crónica de capitales hacía impracticable la modernización del país. Para ponerle remedio el Gobierno comenzó a pedir empréstitos en el exterior. Durante la década de los veinte la banca internacional prestaba sin problemas y el Gobierno se lo gastaba alegremente en fastos, infraestructuras y clientelas políticas. Todo cambió con la crisis de 1929. Los prestamistas vieron como sus acreedores amenazaban con la bancarrota y cortaron de raíz el grifo del crédito. Los ambiciosos planes de Alejandro I, que se hacía llamar con pompa “el Unificador”, naufragaron con estrépito al final de la década.

La crisis económica que el país tuvo que enfrentar se sumó a sus fracturas internas. El paneslavismo, un ideal romántico azuzado desde Moscú durante el siglo anterior, quedaba muy bien sobre el papel y era motivo de acaloradas discusiones de café, pero la realidad era muy otra. Los yugoslavos eran, efectivamente, todos hijos de la misma comunidad étnico-lingüística, pero distaban de ser tan parecidos como a sus líderes presumían. De la refinada, casi austríaca, Eslovenia a la meridional Macedonia mediaba un mundo, y no sólo en los aspectos puramente culturales. Un dato que lo dice casi todo: en el norte el analfabetismo rondaba el 10% de la población, en el sur superaba holgadamente el 80%.

Al rey se le amontonaban los problemas encima de la mesa. Formalmente una democracia parlamentaria, Yugoslavia era un país ingobernable: monárquicos frente a republicanos, izquierdas frente a derechas, croatas frente a serbios… Alejandro empezó a añorar los buenos viejos tiempos de su padre, cuando Serbia era una autocracia en toda regla y siempre se podía culpar a los austriacos de cualquier mal que afligiese a la patria. El 6 de enero de 1929 el rey dio un golpe de Estado contra sí mismo. Derogó la Constitución e instauró una dictadura personal. Días después, el líder de la oposición, el croata Ante Pavelic, se exilió en Viena. La historia le reservaría un papel estelar en el Tercer Reich como cabecilla de los milicianos ustachas.

Pavelic y otros caudillos regionales se la juraron al monarca y a la propia Yugoslavia, un invento tan deseado en su momento como denostado pocos años después. El problema principal de los disidentes era el ambiente europeo de la época, propicio a las dictaduras y los regímenes militares. No había posibilidad de vuelta atrás, al menos hasta que otra guerra reordenase el mapa continental. En 1934, aunque Hitler ya había accedido al poder en Alemania, nadie podía ni figurársela, de manera que la prioridad del rey de los yugoslavos era mantener a raya a austriacos y húngaros para evitar que los Habsburgo resurgiesen.

Pequeña Entente

A instancias del Gobierno checoslovaco, Rumania y Yugoslavia llegaron a una serie de acuerdos mutuos conocidos como “la Pequeña Entente” que perseguían disuadir a las antiguas potencias imperiales de volver sobre las andadas. Pero las nuevas naciones del Este necesitaban aliados occidentales de fuste. Francia era el mejor candidato a apadrinar su causa. Checos, rumanos y yugoslavos se aprestaron a sellar pactos de amistad con París buscando protección. En octubre de 1934 Alejandro viajó por mar hasta Francia para rendir una visita de Estado que estrechase lazos con sus recién ganados socios.

El rey llegó al puerto de Marsella el 9 de octubre. Allí le esperaba Louis Barthou, ministro galo de asuntos exteriores, para recibirle en nombre del presidente de la República y darse luego ambos un baño de multitudes por la capital del Midi. El desfile sería en automóvil descapotable y contaría con escolta ceremonial y cabalgata. Toda una ocasión para que la oficina de propaganda del Gobierno yugoslavo se emplease a fondo. Los noticieros en los cines estaban de moda, y qué mejor que presentar en ellos al monarca paseando entre vítores por una ciudad de la admirada Francia. Las avenidas marsellesas por las que discurría el desfile se llenaron de entusiastas y de un sinnúmero de fotógrafos preparados para llevarse al periódico la mejor instantánea de la visita.

El Gobierno francés conocía los peligros que entrañaba una visita oficial de un soberano tan discutido de puertas adentro, pero era materialmente imposible controlar todas las fronteras y hacer un seguimiento a sospechosos que en Francia no estaban fichados. Los nacionalistas croatas y macedonios, por su parte, sabían que no se les iba a presentar una ocasión semejante. A instancias de la Ustacha se envió a Marsella un comando terrorista que entraría en el país por la frontera suiza con pasaportes falsos.

Los macedonios del IMRO, un movimiento revolucionario que abogaba por la incorporación de Macedonia a Bulgaria, enviaron a Vlado Chernozemski, un tirador de precisión equipado con una veterana Máuser C96, una pistola semiautomática empleada por el ejército alemán durante la guerra mundial.

El plan de Chernozemski era simple: confundirse entre el gentío, colocarse bien, saltar en el momento oportuno y disparar. Al viajar el rey en coche descubierto el éxito de la operación era prácticamente seguro. De ser capturado, el asesino tendría que enfrentar a la justicia francesa, infinitamente más suave que la yugoslava. Cabía la posibilidad de que saliese con vida del encuentro tras pasar unos años en la cárcel. Chernozemski, un experimentado tirador, se apostó en la avenida Canebiere, a corta distancia de la plaza de la Bolsa, y al paso del coche presidencial se encaramó sobre el estribos, gritó “¡Viva el rey!” y disparó a discreción.

Tendido con los ojos abiertos

Hasta diez detonaciones seguidas se oyeron en cuestión de unos pocos segundos. Todo pasó a la velocidad del rayo. El asesino fue inmovilizado por la policía montada, que le arrojó al suelo, la multitud enfervorecida hizo el resto. Chernozemski moriría poco después linchado por los marselleses. En el coche yacían los cadáveres acribillados del chófer, el ministro Barthou y Alejandro de Yugoslavia. A éste último la muerte le había llegado tan rápido que se quedó tendido sobre el asiento con los ojos abiertos. Junto al coche, dos mujeres y un policía agonizaban sobre el empedrado heridos mortalmente por una bala perdida. Todo quedó grabado en celuloide ya que, casualmente, un camarógrafo había escogido la misma ubicación que el asesino para inmortalizar la ocasión. Fue el primer magnicidio filmado de la historia.

El plan maestro de los regicidas, la justificación de todo aquel baño de sangre absurdo, era provocar un caos tal en Yugoslavia que permitiese la entrada de las milicias croatas protegidas ahora por Benito Mussolini. Pero no sucedió nada de eso. El asesinato del impopular Alejandro suscitó una ola de simpatía hacia su Gobierno. Tal vez Yugoslavia atravesaba problemas, pero sus habitantes no querían resolverlos de este modo. Pavelic en lugar de cruzar la frontera al frente de sus milicianos fue detenido por orden del Duce, que lo recluyó en un hotel cercano a la prisión de Turín para acallar la indignación de sus vecinos franceses y yugoslavos. Todo había salido mal. Los asesinos esta vez no sólo no se salieron con la suya, sino que consiguieron poner al mundo entero en su contra.

www.intereconomia.com

Comentarios