Cinco cuentos populares serbios

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Recientemente, el diario serbio Politika, en el suplemento cultural, anunció la aparición de la edición facsimilar de una de las más antiguas y representativas gacetas serbias, Danica, fundada y redactada por el filólogo autodidacta Vuk Stefanovic Karadzic (1787–1864), hombre de decisión y energía asombrosas. Su obra, desde la recopilación y anotación de las creaciones de la literatura oral, hasta la elaboración de diccionarios etimológicos y descriptivos del idioma serbio, así como la traducción al serbio del Nuevo Testamento, constituye un valioso testimonio sobre la historia de la lengua y la literatura serbias, la cultura y la tradición populares, y el territorio geográfico que ocupaba la Serbia de aquel entonces. Para el primer número de Danica, en agosto de 1825, Vuk indicó en un anuncio que, en esta revista, el lector “encontrará algo que tendrá valor para leerse después de nosotros”.

Durante casi cinco siglos, bajo el yugo del Imperio otomano, la mayor parte de la población serbia (campesina, agrícola y ganadera), vivía aislada y encerrada en un mundo particular, en las inhóspitas regiones montañosas de los Balcanes. A pesar de que los monasterios representaban “los centros de la literatura e historia escrita”, y que en ellos se conservaban las escrituras antiguas anteriores a la ocupación turca, así como los vestigios del esplendor del primer Estado monárquico serbio medieval (siglo XII), y a pesar de que los monjes en la Serbia subyugada eran los únicos que sabían leer y escribir y se dedicaban a la preservación de la memoria escrita, el pueblo tenía sus propios modos de conservar y perpetuar su cultura y tradición.

La literatura oral popular se constituye con poemas épicos y líricos, cuentos, proverbios y bromas que conservan, en gran riqueza y variedad, las antiguas formas de la organización de la vida y la sociedad patriarcal. El pueblo se educaba, cultivaba y divertía junto a las brasas del hogar, donde los bardos, acompañados de gusli (antiguo instrumento musical serbio con el que se acompañaba el canto de los poemas épicos populares en la Serbia arcaica) cantaban y contaban, de generación en generación, los antiguos mitos eslavos paganos, los de creencia cristiana en su variante oriental, ortodoxa, bizantino-eslava, y la memoria sobre la tradición política y cultural de la Edad Media serbia. Más que de cualquier otra forma de la literatura serbia, de la literatura popular se podría decir que abarca la vida popular en su totalidad: no existe aspecto alguno de la realidad del hombre patriarcal serbio que no haya encontrado en ella su expresión. Las visiones de la naturaleza y el universo, la vida cotidiana familiar, las relaciones sociales, la vida emocional, la historia nacional, la sabiduría y la experiencia colectiva, todo esto contiene la obra del arte oral popular. Una de las principales características de estas obras es un sistema de género estable: lo que en la literatura más reciente es la clasificación según las épocas por estilos, las obras de la literatura popular se agrupan según los géneros: los cantos épicos y líricos, los cuentos masculinos (sobre lo cotidiano y los humorísticos) y los cuentos femeninos (los cuentos fantásticos o de hadas).

En el siglo XIX, el siglo de los célebres insurgentes Karadjordje y el príncipe Milos Obrenovic, quienes dirigieron al pueblo contra los turcos para obtener la independencia, Vuk Karadzic encabezó la recopilación, la anotación y el primer trabajo de crítica e investigación de la literatura oral popular. Respecto a los poemas, escribió en su revista: “En nuestros poemas populares, para nosotros, lo más valioso es la pureza y la dulzura de nuestro idioma.” Los poemas que se cantaban con los gusli, según él, “entrañaban y siguen entrañando, entre el pueblo, la vida antigua serbia y su nombre”. Vuk Karadzic criticó el lenguaje impropio, usado por los letrados quienes, por vivir en el extranjero, estaban alejados de la situación real del pueblo y escribían influidos por las culturas extranjeras; modernizó el alfabeto anacrónico de las escrituras antiguas conservadas en los monasterios, y pregonaba la importancia y la urgencia de la alfabetización, así como escribir y crear obras literarias en el idioma que hablaba el pueblo. Para destacar la importancia de la escritura y el arte de leer y escribir, Vuk escribió en su revista: “De todo lo que el hombre en este mundo pudiera imaginarse, nada puede compararse con la escritura. Se puede escribir a un amigo o conocido que se encuentra lejos, en el mundo ajeno, y enviarle sus pensamientos en un trozo de papel; se puede leer lo que otros escribieron hace dos mil años; se puede escribir para que otros puedan leer después de varios miles de años. Esto es una ciencia que casi supera la razón humana, y podría decirse que aquel que la inventó primero fue más Dios que hombre. La escritura abrió el camino a la razón humana para que se acercara a Dios por sus posibilidades.”

A primera vista (o lectura), quien lea hoy los cuentos populares, quedará asombrado por la sencillez del lenguaje y la exposición ingenua de las historias que se cuentan. No pocas veces el asombro se tornará en confusión pues, pronto, el lector se dará cuenta de que está leyendo un texto que es, casi, la transcripción directa del lenguaje hablado: todos los cuentos se parecen en la falta de un estilo individual, característica y valor principal del cuento de autor. El narrador popular no estaba absorto en el dilema del cómo contar: las narraciones se iban “puliendo” con el transcurso de los innumerables cantares de los bardos, quienes lo hacían según las necesidades del buen contar en voz alta. Con todo, después de esta primera confusión (y, probablemente, a causa de la misma), el lector olvidará la perplejidad inicial, se sentirá atraído y se abandonará al encanto de lo contado. Precisamente, este momento de abandono de la lectura fría y racional, predeterminada y establecida por los juicios sobre los cuentos que suelen leerse, constituye la gracia de los cuentos populares. Lo que a primera vista (o lectura) raya casi con la futilidad, comienza a moldear nuestra experiencia lectora y nos fascinan su ligereza, el humor claro, alegre y juguetón, como si estos cuentos invitaran a concebir la vida misma con ligereza y alegría.

Tal vez, para el lector no serbio, lo más interesante, además del sabor de la antigüedad y la lejanía, podría ser la presencia del mito pagano, su orientación creativa hacia el futuro de la vida humana: el entramado pagano múltiple y abigarrado, de los obstáculos (representados en el destino, los dragones, los gigantes, los ogros y los antropófagos), de las búsquedas e invenciones de innumerables soluciones y salidas en todas direcciones, de las luchas contra las divinidades malvadas y la ayuda de las buenas: todo eso simboliza el avance de la humanidad hacia las grandes glorias contra las fuerzas naturales y sociales.

En la cuarta edición (1962) de los cuentos populares serbios publicados por Vuk Karadzic (1853), el doctor Vojislav Djuric, quien estaba a cargo de la misma, escribió:

La tendencia principal del mito pagano determinó no sólo la profundidad, sino la belleza incomparable de los símbolos maravillosos de los cuentos de hadas. No nos encantan los colores vivos, ni las formas brillantemente inventadas, sino el sentido que tienen. Nos encanta el aspecto del hombre y la vida única en la historia de la creación: el embriagador movimiento progresivo de un niño pequeño como un grano de pimienta hacia el héroe de una fuerza descomunal; el infinito movimiento que tiende por sí mismo a aniquilar la omnipotencia de la muerte y la inmensidad del cosmos. En este plano, el hombre de proporciones comunes, con frecuencia reducido y pequeño y obligadamente joven (los cuentos de hadas son himnos a las hazañas de la juventud), se transforma en un gran viajero del mundo, en el investigador incansable de la tierra y del cosmos. ¿Dónde están sus aliados? En todo lo que existe, sólo hay que descubrirlos mediante una obra del bien o de justicia […] ¿Dónde está su fuerza? En él mismo; pero son necesarios los impulsos externos que pueden llegar de todos lados y, sobre todo, de otro hombre, como aquel beso de la joven (¡qué profundidades esconde esta imagen!), que al hombre común le proporciona fuerzas para lanzar al terrible dragón a las alturas celestes. ¿Dónde está la belleza con la que el hombre quisiera poblar su vida? En el pájaro real o en el cisne tal vez se oculta una mujer encantadora; en el llagado rocín, el caballo de oro; en una joven pobre, la madre de niños de cabello de oro o de manos de oro. El hombre fuerza la vista para penetrar la superficie de los acontecimientos y las cosas. Su fuerza crecida busca los caminos por los que comenzaría a andar, creando. Y el hombre, como el Diablo, se convierte en el caballo, el pájaro, el anillo, el grano, etcétera, insinuando, por medio de estos símbolos ingenuos, la inagotable capacidad de su propia transformación y la transformación de todo lo que existe.

Muchos de los temas, lugares comunes, personajes imprecisos y lugares indeterminados, indican el origen antiguo, mítico, y una posible fuente común de los cuentos populares de muchos pueblos del mundo. Sin embargo, esto no disminuye la belleza peculiar de las variantes locales; en palabras de Djuric: “Quizás esto [los temas, lugares comunes, los personajes imprecisos y los lugares indeterminados] sea una manera de expresar el antiquísimo sentimiento nómada –presente por largo tiempo y muy creativo– de que el hombre, en todas los lugares del mundo, está en su casa.”

El rey y el pastor

Un carnero con el vellón de oro

La mujer mala

Una doncella más astuta que el zar

Un castillo entre el cielo y la tierra

Escrito por: Jelena Rastovic

 

 

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