Cosas que querrás hacer en Serbia en verano

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Más parecida a Budapest que a Belgrado, Novi Sad, la segunda ciudad más grande del país, bien merece una visita en época estival, cuando se llena de terrazas y festivales, empezando por el Exit, uno de los mejores de música electrónica.

El gran caudal de agua que lleva el Danubio pasa por Novi Sad con una tranquilidad pasmosa. El gran río europeo acaba de entrar en Voivodina, la provincia serbia más septentrional y hogar de 20 etnias. Al contrario que en otros lugares de la antigua Yugoslavia, aquí gozan de una autonomía que incluye el reconocimiento como lenguas oficiales del serbio cirilizado, serbocroata romanizado, húngaro, eslovaco, rumano y rusino. Todas ellas, sin excepción, aparecen en los carteles colocados a la entrada de cada edificio público y cada minoría tiene el derecho de recibir la educación primaria en su lengua.

La razón de esta mezcla hay que buscarla en los tiempos del Imperio Austro-Húngaro, al que perteneció esta tierra, siendo Novi Sad la última frontera. Allá por el siglo XVIII, bajo el reinado de María Teresa, los austriacos construyeron sobre una colina que obliga al Danubio a trazar un meandro la gigantesca fortaleza de Petrovaradin.

El castillo con forma de estrella es en la actualidad un parque lleno de miradores sobre el río, los tres puentes que lo cruzan y el centro de Novi Sad. Cuando llega el buen tiempo se instalan terrazas que convierten en la zona en epicentro del ocio estival, que incluye la celebración en julio de varios festivales (Exit, macrofestival de música electrónica, es el más popular).

Influencias turcas y húngaras

Muchos de los que pasan por Novi Sad lo hacen a bordo de algún crucero que entre abril y noviembre enlazan Viena con el delta del Danubio, 600 kilómetros río abajo, en el Mar Negro. Sin embargo, los que mejor saborean los encantos de esta ciudad abierta y tolerante son los que permanecen en ella al menos una noche.

Es a partir de la última hora de la tarde cuando la calles peatonales y los cafés de esta ciudad, la segunda más grande de Serbia, se llenan de gente. El estilo de la arquitectura decimonónicadel centro, principalmente en las peatonalizadas calles Dunavska y Zmaj Jovina, no recuerda tanto a las calle de Belgrado como a las de Budapest.

También se pueden encontrar influencias turcas, en esta ocasión en las celosías de las ventanas; o las tiendas de comida rápida que sirven pljeskavica, bocata de carne picada con kajmak, una crema de leche de búfala que se consume entre los Balcanes y la India, territorios allá donde los turcos impusieron su ley en el pasado.

Las huellas de la historia

Por desgracia para los habitantes de Novi Sad, los otomanos no han sido ni los únicos ni los últimos en asediarles. En 1999 la OTAN bombardeó los tres puentes del Danubio, las plantas de suministros y la sede de la televisión, dejando aislados a sus habitantes una larga temporada. Cincuenta años antes, durante la II Guerra Mundial, fue Hungría, aliada de los nazis alemanes, quien ocupó la ciudad y asesinó a cerca de 4.000 judíos, cuyos cuerpos fueron arrojados al Danubio.

Un gran monumento junto a la orilla recupera los nombres y la memoria de todas las víctimas. Quienes sobrevivieron al Holocausto se instalaron en Israel, así que la preciosa sinagoga de Novi Sad se quedó sin objeto para el que fue construida. Hoy, el edificio se usa principalmente como sala de conciertos de música clásica (algunos de ellos gratuitos), aunque si se reúnen al menos nueve judíos, éste vuelve a recuperar su función espiritual mientras dure la ceremonia.

Mejor suerte ha corrido la catedral católica. Construida por los austriacos, se encuentra en la misma plaza que el monumental ayuntamiento y otros nobles edificios con más de un siglo de existencia. En uno de los cafés de la plaza se recuerda a Albert Einstein disfrutando con su primera mujer, natural de Novi Sad, de su tiempo libre, tal vez antes de presenciar un espectáculo en uno de los dos teatros con que cuenta la ciudad, el Nacional Húngaro y el Nacional Serbio.

Sremski Karlovci

A pesar de que Voivodina no fue parte de Serbia hasta 1918, Novi Sad y la población de Sremski Karlovci, unos kilómetros al sur río abajo, sí ejercieron como capitales culturales del país. Esta última es una población de 8.000 habitantes que presume orgullosa de haber contado con la primera escuela del Imperio Austriaco autorizada a impartir clases en serbio; además de alojar en un palacio al líder de la Iglesia ortodoxa serbia y de haber sido escenario, en 1699, del primer tratado de paz firmado en una mesa redonda.

Una montaña en la gran llanura

Voivodina forma parte de la gran llanura panónica, una tierra fértil que se extiende entre los montes Cárpatos y los Balcanes. Tanto si no se dirige al norte en dirección a la ciudad de Subótica como haciéndolo hacia el sur en dirección a Belgrado, nada parece interrumpir una línea del horizonte tapizada de cultivos de cereales, patatas, tabaco y vid. Para ver una montaña en Voivodina hay que trasladarse hasta el cercano Parque Nacional de Fruška Gora, un lugar de belleza serena considerado desde la antigüedad como la montaña sagrada de Serbia.

Las suaves colinas del paraje protegido está trufada de aldeas de pastores y de las torres de los 35 monumentales monasteriosconstruidos entre los siglos XVI y XVII. En todos ellos, monjes y monjas ortodoxas reciben indistintamente a devotos y viajeros.

La estética y ritos de las iglesias ortodoxas no se ha modificado desde el cisma que les separó de la autoridad del Papa de Roma en el siglo XI. En todos los monasterios e iglesias de esta rama del cristianismo el altar queda oculto tras el iconostasio, un retablo donde se exponen los iconos de los santos -nunca esculturas-; no hay bancos en el medio para atender los oficios y la música es siempre vocal nunca acompañada de instrumentos, considerados objetos del diablo.

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