El día cuando Europa se salvó en Belgrado

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Pocos lo recuerdan, pero, hace 561 años, Europa se salvó de caer en manos de los otomanos a las puertas de Belgrado. Ocurrió en estos días de julio y agosto. Como más tarde sucedería ante los muros de Viena, la suerte de Europa dependió de una batalla o, mejor dicho, de un asedio. El que hoy nos ocupa comenzó el 4 de julio de 1456 y su batalla decisiva se libró los días 21 y 22 de ese mes.

Belgrado era, entonces, la capital de un principado serbio que había logrado resistir el avance otomano por los Balcanes y la caída del Imperio Serbio tras la derrota de Kosovo en el Día de San Vito de 1389. Pocos consiguieron sobreponerse a aquella victoria del sultán Murad I que, por cierto, no vivió para disfrutarla porque lo apuñaló el caballero serbio Miloš Obilić, que pasó a la posteridad como un héroe. El caso es que solo el Despotado de Serbia se alzaba frente a los otomanos que ya dominaban casi toda la Península Balcánica. La plaza fuerte de aquel principado era La Ciudad Blanca, que eso significa Belgrado. El historiador Miguel de Ferdinandy advierte de su importancia: era “la llave de Hungría”.

Para conquistarla, los otomanos desplazaron un ejército formidable. Las crónicas difieren: algunos dicen que se habían movilizado treinta mil hombres mientras que otros suben la cifra hasta cien mil. De todos modos, era una fuerza armada irresistible para el pequeño déspota -el título es bizantino y se refiere a un príncipe local, no necesariamente a un tirano- Đurađ Branković, dígase “Yurach Brankovich”, descendiente de uno de los guerreros de Kosovo y que gravitaba entre los otomanos y los húngaros para tratar de salvar su pequeño territorio.

Consciente de su debilidad extrema, Branković pidió ayuda al rey de Hungría, que le envió a un jefe militar de nombre memorable: Hunyadi János, a la húngara, o Juan Hunyadi, a la española. Como todos los grandes hombres de Europa Central en aquella época, tiene nombres en rumano, húngaro, polaco, latín… De hecho, Hunyadi no solo combatió sobre los muros de la ciudad del Sava y el Danubio, sino que había sido regente del reino de Hungría entre 1446 y 1452. Su hijo sería el celebérrimo rey Matías Corvino, uno de los grandes señores del Renacimiento. Cuando les digan que los Balcanes y Europa Central no vivieron ese florecimiento de la cultura europea de los siglos XV y XVI, no lo crean. Ahí están los restos de la maravillosa Bibliotheca Corvinniana, cuyos 216 volúmenes supervivientes a la destrucción causada por los otomanos testimonian la vocación humanista y moderna de aquel rey y aquel reino. Pero volvamos a Belgrado, adonde Hunyadi se dirigió con una tropa de quince mil hombres.

A los defensores de Belgrado se les sumó un refuerzo imbatible: el famoso fraile franciscano y predicador napolitano Giovanni da Capestrano (o Juan Capistrano) que había recorrido Europa pronunciando sermones y homilías que duraban entre dos y tres horas. Debía de ser un orador excepcional porque, a su paso, las multitudes se convertían con tal fervor que daban miedo. Se llegaron a quemar libros considerados de brujería después de algunas de sus prédicas. El caso es que, a sus 70 años, Capistrano se puso al frente de un cuerpo de voluntarios en marcha hacia Belgrado para combatir del lado de los cristianos. No se crean que esto era figurado. Como el arzobispo Turpin del Cantar de Roldán, el predicador cargaba al frente de sus hombres y combatía en primera línea dando ejemplo. Lo seguía una hueste de campesinos y artesanos desordenada, mal armada y, en general, sin experiencia de combate, pero con la moral muy alta. Eran unos treinta o treinta y cinco mil. Los mandaba el propio fraile. Por cierto. En esta leva de voluntarios tuvo una participación determinante Juan de Carvajal, natural de Trujillo, legado papal, canonista y cardenal.

Así, entre los hombres de Hunyadi, los irregulares de Capistrano y la pequeña guarnición de Branković, los cristianos podían oponer unos cincuenta mil hombres al ejército otomano, que había movilizado a sus mejores soldados. Bastaban los jenízaros para igualar en número a los defensores de la ciudad. Además, contaban con unos 200 cañones que comenzaron a bombardear las fortificaciones empleando la misma táctica que tan buenos resultados había dado en Constantinopla tres años antes. Se trataba de castigar los muros con artillería pesada hasta que cediesen para arrojar, después, sucesivas oleadas de asaltantes que entrasen por las brechas hasta superar en número a los defensores. Así, la superioridad artillera permitía al asediante ahorrar las vidas de sus hombres sin lanzarlos al asalto de los muros, privando así a los defensores de la superioridad de la altura. La salida de la ciudad a través de los ríos Sava y Danubio estaba cortada gracias a una flota de 200 barcos. El propio sultán Mehmet mandaba el ejército otomano.

Sin embargo, la fortaleza de Belgrado parecía inexpugnable. Los muros resistían y los defensores se parapetaban y abrían fuego y lanzaban flechas y no había forma de acercarse con seguridad para tomar la plaza. El 21 de julio el sultán, agotada ya su paciencia, ordenó un asalto definitivo. Para entonces, la artillería llevaba una semana de bombardeo constante sobre la ciudad. Los otomanos se lanzaron al asalto, lograron entrar en la ciudad y se lanzaron sobre la fortaleza. Ahí los esperaba Hunyadi. Desde la altura, les arrojaron madera embadurnada de alquitrán y quemaron vivos a los asaltantes. Cubrieron las brechas en el muro de piedra con un aterrador muro de fuego. Al final, los cristianos rechazaron el asalto.

Al día siguiente, fue la batalla definitiva. No se sabe bien qué ocurrió, pero, al parecer, hombres de Capistrano lanzaron un ataque audaz -casi suicida- contra las líneas otomanas que habían hostigado la noche anterior. Los acontecimientos de desbordaron. Capistrano ordenó una salida para socorrer a los valientes. Al final, algunos centenares de cruzados -algunos dicen que fueron hasta dos mil- terminaron acometiendo a los otomanos por la retaguardia. Hunyadi, desde la fortaleza, mandó una salida para reforzarlos. El lector debe imaginarse la escena. El ejército del sultán había sufrido el rechazo de su ataque después de una semana de cañoneo y de haber logrado entrar en la ciudad. A los que no habían logrado huir, los cruzados los habían masacrado. Ahora, eran los asediados los que se lanzaban contra los asediadores, que eran superiores en número y armamento. Aquellos cristianos debían de dar terror y eso fue lo que sucedió. El pánico cundió entre los otomanos. Ni el sultán pudo contener la desbandada. Cuando cayó la noche, los invasores se retiraron en silencio. Habían sufrido una derrota humillante. Las campanas de las iglesias de toda Europa tocaron a victoria para celebrar el triunfo. El 6 de agosto se tuvo por terminado el asedio.

Sin embargo, una epidemia se desató en torno a la ciudad y la fortaleza. Hunyadi moriría a casusa de ella el 11 de agosto. Capistrano no viviría mucho más y falleció el 23 de octubre de aquel año.

Cuenta Lonnie Johnson que la tradición de que las campanas suenen a las 12 del mediodía data de la cruzada que el Papa predicó en auxilio de Belgrado. Las campañas tañerían para recordar el peligro de la invasión otomana. Miguel de Ferdinandy afirma que el conquistador de Constantinopla “desistió para siempre de la idea de conquistar Hungría”. Al final, los invasores volvieron con Solimán el Magnífico a la cabeza. En 1521 tomó Belgrado y, en 1526, sus tropas acabaron con el reino de Hungría en la batalla de Mohacs.

Sin embargo, la historia sigue ahí. En el centro de Belgrado, se alza la fortaleza de Kalemegdam, cuyo nombre significa en turco “la fortaleza del campo de batalla”, rodeada hoy de uno de los parques más románticos de Europa. Cuando pasee por ella, recuerde a los defensores de esa ciudad ante cuyos muros se decidió el destino de Europa.

Fuente: elimparcial.es

Por: Ricardo Ruiz de la Serna, Analista político

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