Esto no es Hollywood es Holywood

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A 105 kilómetros de Belgrado se puede ver el cartel de Holywood. Las normas periodísticas me obligarían ahora a introducir un «sic» porque, como los lectores más avezados habrán notado, falta una ele en el nombre de este distrito de Los Ángeles. Pero es que el cartel que ven quienes se alejan de la capital de Serbia es así. Holywood. Con una sola ele. Con letras rechonchas y achaparradas, con una dimensión ligeramente inferior a la del original. En algún momento, los residentes de Mutanj, un pueblo serbio de apenas un centenar de habitantes, pensaron que sería interesante imitar el legendario cartel de Los Ángeles y construir una réplica en sus montañas. No fue una idea muy original.

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Hay decenas de rótulos hollywoodienses por el mundo. Letras gigantes, blancas y asépticas se repiten una y otra vez en laderas de África, Asia y Europa, vallas publicitarias sin más publicidad que la urbana, sin más mensaje que el nombre de una ciudad. Fotocopias compulsadas del cartel que se erige en las colinas de Hollywood.

Filippo Minelli lleva diez años persiguiéndolos, fotografiándolos y sumándolos a su proyecto ‘Not Hollywood’. «He ido expresamente a buscar algunos, otros me los he encontrado por casualidad», reconoce este fotógrafo italiano. «Es una sorpresa agradable ir por un bosque en Rumanía, tomar una curva en la carretera y descubrir que Hollywood está siempre a tu lado». Precisamente fue esta ubicuidad la que empujó a Minelli a realizar su serie, el hecho de que «lugares que no tienen nada que ver con Hollywood, ni conceptual ni económicamente» se identifiquen con su simbología. «Me interesa el contraste entre la realidad de los lugares y la impresión que tienen estos sobre sí mismos», apostilla.

En 1922 el promotor inmobiliario H. J. Witley llevó a cabo una agresiva estrategia de marketing para anunciar Hollywoodland, una promoción de viviendas de lujo construida a las afueras de Los Ángeles. Lo hizo con pósteres de mujeres en bikini sobre tractores (los años veinte podrían ser locos, pero también eran machistas) grabaciones del proceso de construcción y un enorme cartel con el nombre de la promoción en la falda del monte Lee. Las letras se sostenían sobre postes de teléfono y estaban destinadas a durar un año y medio. Huelga decir que no fue así. En un proceso similar al que vivió en los ochenta en España el toro de Osborne, el cartel perdió su carácter publicitario, desprendiéndose de las últimas letras de su insignia, y se convirtió en símbolo homónimo del distrito de Hollywood. En un principio vendía casas, ahora vende algo más intangible, un sueño de glamur, fama y lujo que puede ser exportado a cualquier ciudad del mundo. O no.

En 1960 un vecino de Cullera, Enrique Torres, decidió juntarse con sus amigos y pintar con cal blanca el nombre de su pueblo en la Montaña de Oro. Eran los años del turismo desaforado, los del Porompompero y los apartamentos en Torrevieja. Benidorm quería ser Miami, ¿por qué Cullera no podía ser Hollywood? Minelli no incluye el cartel de Cullera en su álbum («me lo perdí por poco este año, pero tengo que volver» avisa). Sin embargo este municipio valenciano es un buen ejemplo de lo que podemos ver en su trabajo. Una población distinta a Los Ángeles, casi opuesta, que adapta su símbolo y lo hace propio. Pero ¿por qué países tan diferentes como Madagascar, Tailandia o Canadá han tenido la misma idea? Minelli lo tiene claro: «es lo más fácil de hacer; montar un cartel blanco en una colina y esperar que la gente asuma una imagen abstracta de sí misma es mucho más simple y cómodo que mirarse al espejo y comunicar con honestidad quién eres, qué tienes».

Las urbes occidentales están inmersas en un proceso de mimetización, de despersonalización. En una carrera por capitalizar la atención, las ciudades compiten por albergar una obra del arquitecto de moda, por erigir un monumento que se convierta en símbolo de la ciudad. Y cuando el presupuesto y la imaginación escasean lo más fácil es copiar el proyecto que ha hecho famosa a otra ciudad. «La homogeneización de las ciudades occidentales, y ya incluso orientales, es un hecho», asegura Minelli. «Desde un punto de vista es incluso cómodo, porque allá donde vayas puedes encontrar espacios y productos conocidos, pero en mi opinión la belleza está en la diversidad, y si sigue existiendo esta, siempre habrá un motivo para viajar».

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