¿Fue culpa de los serbios la Primera Guerra Mundial?

961

Los disparos de Gavrilo Princip contra el archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austro-Húngaro, y su esposa Sofía, han quedado inscritos en la historia como el detonante de la Primera Guerra Mundial, la mayor carnicería de la historia de la humanidad.

Eso dice la historia. Y el periodismo, su fiel escudero, revive estos días el atentado de Sarajevo, con muy buenos reportajes sobre lo que ocurrió el 28 de junio de 1914 en la calle que bordea el río Miljacka, concretamente en la esquina más próxima al Puente Latino, entonces ocupada por una tienda de comestibles que exhibía un vistoso anuncio de la marca de champán Forley und Budisfol. Junto a una enorme botella de vino espumoso que evocaba la buena vida en tiempos del Imperio, aguardaba el joven Gravrilo Princip con una pistola escondida en la chaqueta. Enjuto, baja estatura, bigotito de galán cinematográfico, mirada atormentada. Un joven nacionalista serbio perteneciente a la organización Mano Negra, que soñaba con una Gran Serbia con Bosnia dentro de sus confines. Princip, que por su físico endeble no había sido aceptado en las guerrillas serbias que lucharon en Kosovo contra los turcos, tenía ganas de hacer algo grande. ¡Matar al heredero del Imperio que se había apoderado de Bosnia! ¡Disparar contra el águila bicéfala que desde Viena y Budapest controlaba todo el centro de Europa! ¡Abrir las puertas a una gran nación eslava en los Balcanes! Princip apenas sabía disparar, pero le bastaron dos balas de su pistola semiautomática FN 1910 para matar al archiduque y a su amada esposa. (Sofía Hohenberg, una joven noble de origen checo, muy bella, pero aristócrata de bajo rango, con la que Francisco Fernando se había casado por amor, pese a la oposición del emperador Francisco José y los altos dignatarios de la Corte de Viena). Princip, héroe del Resentimiento. El Resentimiento, siempre un gran motor de la Historia.

La rigidez de la Corte de Viena restó brillo a los funerales: la esposa del archiduque no era de primer rango y los soldados no estaban obligados al saludo militar al paso del cortejo fúnebre. Los hijos de la pareja asesinada tuvieron que pagar de su bolsillo su viaje a Viena.  La declaración de guerra de Austria a Serbia, un mes después del atentado, no fue una decisión pasional. No fue un arrebato. Fue un movimiento fríamente calculado.Austria-Hungría declaró a guerra a Serbia y empezaron a caer las fichas del dominó. Rusia se puso al lado de sus hermanos eslavos de Serbia. Alemania apoyó a Austria. Tras la invasión alemana de Bégica -que se había declarado neutral-, Francia y Gran Bretaña se movilizaron contra los dos imperios centrales. Italia, dubitativa y calculadora, pudo inclinarse por Austria, pero acabó declarándole la guerra. Hubo sangrientos combates en las estribaciones alpinas entre austriacos e italianos. Bulgaria y Turquía se pusieron al lado de las potencias centrales, mirando a Rusia, que comenzaba a incubar la Revolución de Octubre de 1917. Rumania, por el contrario, se ubicó en el otro bando, con el propósito de comerle terreno a Hungría, propósito que acabó logrando al acabar la guerra. Portugal, lejana, se  adhirió a sus amigos británicos y franceses y envió soldados al campo de batalla. Setenta millones de militares movilizados en todo el mundo. Planes de guerra en más de medio planeta. Los Estados Unidos, cogidos por sorpresa, quisieron mantenerse neutrales, pero acabaron movilizando tropas y material militar a favor de franceses y británicos contra el expansionismo alemán. Japón en esta ocasión se enfrentó a sus posteriores aliados alemanes. La España alfonsina, lamiendo todavía las heridas de Cuba y Filipinas, creyó que era más ventajoso mantenerse neutral. La burguesia industrial catalana ganó mucho dinero con la neutralidad (en las fabricas textiles catalanas se fabricaron muchos uniformes para los combatientes). Un millar de voluntarios catalanistas cruzaron la frontera para luchar junto con los franceses.

Una vez iniciada la lucha, Viena quiso recordar el atentado de Sarajevo levantado un monumento al archiduque y a su esposa en la esquina donde el matrimonio fue asesinado. Duró poco. La Primera Guerra Mundial supuso la desaparición del Imperio Central y la definitiva cristalización nacional de la región balcánica. La nueva Yugoslavia monárquica –bajo el reinado de Alejandro I, de la dinastía Karadordevijc- ordenó retirar el monumento de los Habsburgo, para conmemorar con una placa la gesta de Gavrilo Princip.

Iniciada la Segunda Guerra Mundial, las tropas alemanas ocuparon Sarajevo, arrancaron la placa serbia y la enviaron a Berlín como regalo para Hitler. Ahí no acabó la historia. En esa esquina iban a pasar muchas más cosas.

Antes de perder definitivamente la Segunda Gran Guerra, la Alemania nazi fue derrotada en el mosaico yugoslavo por las guerrillas comunistas y nacionalistas (serbias), con clara preponderancia de las primeras y con ayuda material de británicos y soviéticos. El Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas no entró en Belgrado, como hiciera en Budapest, Praga, Varsovia, Bucarest y Sofía y otras ciudades del Este de Europa. Y en Berlín. Ese es un dato fundamental para comprender la posterior evolución política de Yugoslavia. La guerra la ganaron, con su propio esfuerzo los partisanos comunistas dirigidos por el croata Josip Broz Tito, destacado dirigente del Komintern (Internacional Comunista) y ex combatiente en la Guerra de España, como miembro de las Brigadas Internacionales.

Tito ganó. Ajustó cuentas con los monárquicos en armas (los chetniks serbios, de los que se volvería a hablar décadas después), barrió a los ustachas croatas (fascistas aliados con la Alemania nazi, a los que les fue permitido un Estado autónomo durante la guerra), le disputó Trieste a los italianos, no se dejó dominar por Stalin y se erigió en líder autócrata de una Yugoslavia socialista, cuyos difíciles equilibrios internos eran tejidos por la Liga de los Comunistas Yugoslavos. Los serbios seguían siendo la nacionalidad más fuerte, pero Tito estableció un hábil juego de contrapesos: la república federal de Bosnia-Herzegovina, entre Croacia y Serbia; las repúblicas autónomas de Kosovo y Vojvodina en el interior de Serbia; la república federal de Macedonia, en el sur; la república federal de Eslovenia, en el norte… La clave de ese juego de contrapesos era el  mismo Tito, guerrillero, autócrata y monarca socialista. Un hombre con gran capacidad de mando, muy apegado a los símbolos más visibles del poder.  Implacable con los “desviacionistas burgueses” y con los  “estalinistas” yugoslavos. Receloso de Moscú y bien comunicado con los Estados Unidos a partir de los años sesenta. En realidad, bien comunicado con los anglosajones desde que declaró la guerra a los nazis.

Cuando en 1980 murió el mariscal Tito, Yugoslavia se convirtió en un gran interrogante. Diez años después comenzaba la desintegración. Tres guerras civiles: en la regiones fronterizas entre Croacia y Serbia, en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo, zanjadas por una intervención final de la OTAN, con fuertes bombardeos sobre las instalaciones militares serbias en Kosovo y los puentes sobre el Danubio en Belgrado. (Belgrado, la primera ciudad europea bombardeada desde el aire después de la Segunda Guerra Mundial).

Tito no era serbio, pero permitió que en la esquina de Sarajevo donde comenzó la gran tragedia europea, las autoridades de la República Socialista de Bosnia y Herzegovina recordasen aquel acontecimiento con un claro signo de simpatía por la figura de Gavrilo Princip. Una placa en cirílico (alfabeto eslavo utilizado por los serbios), con las huellas de los zapatos de Princip, en la posición en la que se supone que disparó contra el matrimonio imperial. Un monumento claramente favorable al magnicidio. Fotografié ese memorial durante mi primer viaje a Yugoslavia, en julio de 1986, sin saber que volvería otras dos veces al mismo lugar, en busca del significado trágico de esa esquina de Sarajevo.

En enero de 1995 regresé a Sarajevo, durante un breve periodo de tregua en la guerra civil de Bosnia. Sarajevo, ciudad de mayoría bosnia-musulmana, especialmente en su centro histórico, estaba sitiada por las milicias serbias. La lápida conmemorativa había sido arrancada y la placa de hormigón con la huella de los zapatos de Princip, también. En su excelente reportaje del sábado en las páginas de La Vanguardia, Plàcid García-Planas explicaba que las dos placas fueron destruidas por los bosnios musulmanes.

Acabó la guerra de Bosnia, en diciembre de 1995, y las nuevas autoridades de Sarajevo instalaron otra placa en la esquina del atentado. Redactada en bosnio con alfabeto latino (bosnio, derivación local del serbo-croata) y en inglés se informa escuetamente de que en aquel lugar el 28 de junio de 1914, un hombre llamado Gavrilo Princip, del cual se omite toda filiación nacional o política, “asesinó” al heredero del trono de Austria-Hungría, Francisco Fernando, y a su esposa Sofía. Nada más. Las huellas de los zapatos de Princip han desaparecido. Quizá para siempre. La foto es del 2012. Esta esquina de Sarajevo es ahora el centro informativo del mundo.

A la historia y a su fiel escudero, el periodismo, les gustan las fiestas señaladas y los lugares concretos. La concreción ayuda a comprender. Con concreción se pueden construir muy buenos relatos. Pero un exceso de concreción puede desdibujar la complejidad de los acontecimientos, eliminando o difuminando su trasfondo. Un exceso de localización podría hacernos creer que los nacionalistas serbios fueron los principales y casi exclusivos responsables de la Primera Guerra Mundial. Aunque debilitadas por el fracaso histórico y los dramas de los últimos veinte años, hay voces serbias que se oponen a esa lectura de la historia. En Sarajevo Este, cantón de mayoría serbia en la fragmentada Bosnia-Herzegovina, se acaba de inaugurar un monumento a Gavrilo Princip. Palabras de Nebosja Radmanovic, representante de la minoría serbia en el órgano presidencial de Bosnia y Herzegovina: “El disparo de Princip fue un disparo por la libertad”.

Un grupo de intelectuales serbios, capitaneados por el cineasta Emir Kusturica, sostienen que no se pueden simplificar las causas de la Primera Guerra Mundial. Afirman que la guerra habría estallado igualmente, de no haber existido el detonante de Sarajevo. Alertan contra una continua “criminalización” de Serbia y señalan en descargo de Gavrilo Princip y de sus compañeros de la Mano Negra, que el archiduque Francisco Fernando, reconocido antisemita, decidió visitar Sarajevo el día 28 de junio, porque en esa fecha, día de San Vito, los serbios celebran el aniversario de la batalla de Kosovo Polje de 1339, en la que sucumbieron ante los turcos. Francisco Fernando visitó Sarajevo el día nacional de los Serbios. El Once de Setembre de los serbios. “Fue una provocación”, dicen en descargo de su país.

Efectivamente, la batalla de Kosovo Polje contra los turcos está inscrita en la historia de Serbia. Tanto es así, que el 28 de junio de 1989, al celebrarse el seiscientos aniversario de la batalla, Slobodan Milosevic, líder postitista de la Serbia socialista, pronunció un incendiario discurso que sentó las bases de la agresividad nacional serbia en la desintegración yugoslava. El discurso de Gazimestán, en la que Milosevic, fallecido en 2006 mientras era juzgado por el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia con sede en La Haya, dijo cosas como esta:

“Seis siglos más tarde, estamos comprometidos en nuevas batallas, que no son armadas, aunque tal situación no puede excluirse aún. En cualquier caso, las batallas no pueden ganarse sin la resolución, el denuedo y el sacrificio, sin las calidades nobles que estaban presentes en los campos de Kosovo en aquellos días del pasado. Nuestra batalla principal ahora es implementar el bienestar económico y el progreso político y cultural, y la prosperidad social general, para encontrar un rápido y exitoso futuro a la civilización que vivirá en el siglo XXI.”

Un examen riguroso de lo ocurrido en Yugoslavia desde la muerte de Tito no puede pasar por alto el resurgir del nacionalismo croata, del nacionalismo esloveno (que también existe); la presencia de fundamentalistas islámicos en la valerosa resistencia bosnia y los oscuros orígenes de algunos de los dirigentes del UÇK, el ejército de liberación nacional del Kosovo albanés. Las responsabilidades del nacionalismo serbio son enormes, pero hay otros culpables de la tragedia yugoslava, incluidos los gobernantes europeos que no hicieron todo lo posible para evitar la guerra, “tentados” por sus respectivas zonas de influencia en el mosaico balcánico. Esa responsabilidad alcanza al Vaticano, fascinado por la recuperación de dos países católicos, Eslovenia y Croacia, frente a la Bosnia musulmana y la Serbia de raíz cristiano-ortodoxa.

Finalmente, fueron los Estados Unidos quienes decidieron el nuevo orden balcánico. Cerca de Pristina, capital de Kosovo, se halla hoy la principal base militar norteamericana en Europa Oriental. Uno de los edificios más importantes de Sarajevo, después de la restaurada Biblioteca austro-húngara, es la embajada de Estados Unidos en Bosnia y Herzegovina. Sí, la historia siempre es un poco más compleja de lo que pensamos.

Uno de los mejores libros sobre el origen de la Primera Guerra Mundial es Los cañones de agosto, de la historiadora y periodista norteamericana Barbara W. Tuchman. Escrito en 1962, el libro disecciona los acontecimientos que siguieron al atentado de Sarajevo y los treinta y un días de agosto en los que se puso en marcha la Gran Guerra, desde que Austria declaró hostilidades a Serbia, como consecuencia del atentado. Es un libro fascinante que analiza los intereses contradictorios de las potencias europeas y el perfil psicológico de sus principales gobernantes. La Gran Guerra, efectivamente, tuvo como detonante el atentado de Sarajevo, pero sus carriles ya estaban trazados antes del 28 de junio de 1914. Motivos de fondo: las ambiciones cruzadas sobre las posesiones coloniales, la sed de beneficios de la gran industria, el endiosamiento de los estados mayores, el narcisismo de los reyes-soldados –especialmente del Kaiser alemán Guillermo II-, la potencia emocional del nacionalismo moderno, la disciplina de los ejércitos industriales y la capacidad de movilización y encuadramiento de los medios de comunicación de la época: los diarios y las revistas. La Gran Guerra fue alentada y enmarcada narrativamente por la prensa.

La mitología liberal norteamericana cuenta que el presidente John F. Kennedy leyó Los cañones de agosto poco antes de la crisis de los misiles de Cuba, en 1962, y que la excelente narración de Tuchman sobre la concatenación de acontecimientos que condujeron al desastre de 1914, le ayudó a evitar una nueva guerra mundial –una guerra con armas atómicas-, a raíz del despliegue de misiles soviéticos en la isla caribeña.

Sarajevo está en el origen de la guerra del 14, pero no fue su único factor desencadenante. Al nacionalismo serbio se le pueden atribuir importantes desmanes y graves errores históricos, pero no es el único culpable de todo el drama yugoslavo. Todo siempre es un poco más complejo. Pero en la época de la aceleración informativa, necesitamos simplificar y customizar. Hoy, el atentado de 1914 es fashion. Dentro de una semana, el mundo se habrá olvidado de Sarajevo.

Hay que comprender al cineasta Kusturica, cuando en sus películas balcánicas intenta mostrar la complejidad de la sociedad en la que se crió, con un lenguaje muy vivo y expresionista, en la que todos son inocentes y culpables a la vez. Todos, víctimas de una rabia con raíces muy antiguas.

Comentarios

SIN COMENTARIOS