La ciudadela de Belgrado

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Una ruta interesante, por el contraste, es la que nos lleva, en tren, desde la plácida Zagreb, con sus tranquilos parques de hermosos plátanos, a la trepidante Belgrado. No bien se sale de la estación, subiendo por una amplia calle que conduce al centro de la ciudad, nos damos literalmente de bruces, primero, con los restos de un obús destripando alguna antigua instalación gubernamental y, a continuación, con varios edificios de imponente “estética”, digamos, comunista, algunos de ellos agujereados por la metralla. Encantadora bienvenida, piensa el aventurero, pero no hay ciudado: no siempre la primera impresión es la que cuenta.

Kalemegdan

En cualquier caso, ahora no vamos a caracterizar el conjunto de la capital serbia, sino sólo, y brevemente, su ciudadela. Aunque, a decir verdad, el azaroso transitar de esta ciudad a lo largo de los siglos, en un continuo y agotador cambio de administradores y regentes, cada uno de los cuales imponiendo o intentando imponer su propia lengua, sus propias costumbres, su propia religión, no deja de hallar adecuado símbolo en las transformaciones sufridas por esta ciudadela-fortaleza.

Viniendo desde la Knez Mihajlova, calle peatonal, muy transitada, en cuyo extremo se encuentran algunos puestos ambulantes de venta de libros en diferentes idiomas, nos adentramos en el Kalemegdan, parque céntrico que rodea a la ciudadela (el nombre de Kalemegdan se utiliza también para designar al conjunto, ciudadela incluida). En él podemos comprar artesanía tradicional, o camisas y pantalones de algodón al estilo típico. Sin apenas darnos cuenta atravesamos el primer foso, entrando en la fortaleza.

La ciudadela está compuesta por diferentes niveles de murallas y excavaciones. Es, a un tiempo, amplia zona recreativa, punto de encuentro ciudadano, museo militar al aire libre y, last but not least, mirador estratégico desde donde contemplar la juntura mansa, grandiosa, del río Sava, patrimonio de la antigua Yugoslavia, con el Danubio, patrimonio de la Mitteleuropa. Es digno del mejor verso contemplar ese beso fluvial al atardecer mientras, a lo lejos, las construcciones de la parte nueva de la ciudad se adormecen bajo la hipnosis de la bruma, enigmática y anaranjada.

Una curiosidad que los amantes de la noche no deben olvidar: dentro de la ciudadela hay un garito, pequeño, pero con unos altavoces de gran potencia (sin que lleguen a ser molestos o a dificultar la conversación) que no cesan de regurgitar música de todos los estilos. Uno puede hacerse a un lado del bullicio y, desde un sitio más alto, ensimismarse entonces con la oscuridad del río, ribeteada aquí y acullá por las luces de colores de los barcos que, cada madrugada, esperan a los centenares de jóvenes ansiosos por ofrecer su ofrenda al dios Baco, pues también estas latitudes conocieron su romanización.

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