La histórica y frenética ciudad de Belgrado

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La capital de Serbia tiene siglos de tradición y un pasado permeado por la guerra. Pero también es una metrópoli vibrante y llena de encantos. Una revelación.

Belgrado no es la ciudad típica. No está entre las primeras opciones cuando de elegir el destino de las próximas vacaciones se trata. Pero debería. Si va a Europa póngala en la lista. No habrá arrepentimiento. Belgrado es una ciudad de la que no se habla mucho y así, sin hacer mucho ruido, sin que nos demos cuenta, se ha ido convirtiendo en una deliciosa sorpresa.

Laila Abu Shihab

Lo que muchos sabemos de la capital de Serbia se limita, casi siempre, a las guerras que desintegraron a la antigua Yugoslavia (sobre todo la de Kosovo) o a deportes como el tenis y el baloncesto (para los fanáticos y en épocas más recientes) y eso puede hacer que uno llegue sin muchas expectativas. Ese era mi caso. No esperaba mucho. Pero los tres días que al principio pensé pasar allí se multiplicaron por dos, porque Belgrado, la ciudad más grande de los Balcanes, con todo lo bueno y lo malo que eso trae, se los merece.

Habrá que empezar por decir que es vibrante, que tiene siglos y siglos de historia encima (es una de las ciudades más antiguas de Europa, y eso pocos lo saben), pero también es moderna y contradictoria: desordenada, pobre y rica, audaz, frenética. Belgrado es una ciudad baratísima.

Y no está (aún) llena de turistas. Además, sus habitantes son de verdad amables. Son divertidos y tienen mucho de nuestro carácter latino. Belgrado significa ‘ciudad blanca’, pero es todo menos eso. Tiene todos los colores y está llena de matices.

Confieso que llegué aquí con prevenciones en materia histórica, por así decirlo. No porque haya sido invadida entre 40 y 60 veces en sus casi 2.600 años de vida (los historiadores no se ponen de acuerdo en el número exacto). No por haber pertenecido al imperio otomano y al imperio austrohúngaro. Sino por su pasado más reciente. Después de la muerte de Tito (1892-1980), considerado el ‘padre de la segunda Yugoslavia’ y cuya obra e imagen son recordadas con admiración y gratitud en numerosos rincones de esta urbe de 1’400.000 habitantes, Belgrado se convirtió en la capital de esa “gran Serbia” del ultranacionalismo exacerbado y desde allí se impulsaron las guerras que dejaron cientos de miles de muertos, de refugiados, de heridas, en varios países.

Por supuesto, Belgrado también sufrió las consecuencias y muchas de esas huellas se mantienen hoy, como para no olvidar la historia. En marzo de 1999, la Otán bombardeó varias veces la ciudad, tratando de forzar un fin para la guerra en Kosovo. Diferentes edificios del Gobierno, así como el de la Radio-Televisión de Serbia, hospitales y el famoso Hotel Jugoslavija, entre otros, fueron objetivos de los bombardeos.

Laila Abu Shihab

Así que esa fue la primera y muy interesante sorpresa que me llevé de Belgrado. Es como si fuera consciente del papel que jugó en el pasado, como si no quisiera ocultarlo. Es muy fuerte la impresión que causa ir caminando por la calle, por una de las avenidas más importantes de la ciudad (Kneza Milosa), y cruzarse con esas moles hoy en ruinas, abandonadas, dando la impresión de que los bombardeos fueron ayer y no hace 16 años. Parece que se fueran a derrumbar en cualquier momento. Lo ponen a uno a pensar.

La ciudad se multiplica

Caminar Belgrado es fácil, con todo y su caos. Recorrerla en bicicleta es más rico. En la ciudad se unen dos ríos poderosos: el Danubio y el Sava. Y ver esa confluencia desde la fortaleza de Kalemegdan, en el atardecer, es un espectáculo increíble. Belgrado es caminar en medio de bloques típicos de la arquitectura socialista y de repente cruzarse con edificios art nouveau, que son preciosos. Es una ciudad con huellas austrohúngaras en Zemun (pequeño pueblo que terminó siendo tragado por la gran ciudad, pero que conserva ese encanto típico de pueblo, con sus calles empedradas) y con huellas turcas del otro lado del río.

Belgrado es la iglesia ortodoxa más grande de Europa (la Catedral de San Sava) y una de las más grandes del mundo. Inacabada. Así como la Sagrada Familia. La Segunda Guerra Mundial y luego las guerras que desmembraron a Yugoslavia frenaron su construcción y hoy, aunque por fuera parece ya terminada, por dentro es puro cemento y piedra y andamios y plástico.

Pero los serbios la visitan. Van, rezan. La adoran. Y justo al lado hay una iglesia muy pequeñita, con uno de los interiores más hermosos que haya visto en la vida. Belgrado es cultura. Es música balcánica (esa que unió a tantas personas de origen tan diverso, hace siglos, con trovadores gitanos que así resistían frente a la dominación otomana, pero terminó claramente influenciada por los ritmos turcos).

Es jazz, es rock, es folclor de origen eslavo. Es un montón de kafanas (tabernas), lugares populares repletos de nostalgia, de alegría, de canto y de humo (en Serbia todavía no han prohibido fumar en los lugares cerrados, entonces la atmósfera de bares, restaurantes, cafés y discotecas siempre está cargadísima).

La conservada arquitectura de la capital de Serbia es uno de sus principales atractivos. Es una ciudad orgullosa de su historia, pero que se ha sabido sofisticar. Laila Abu Shihab

Belgrado es una vida nocturna variada, que alcanza para que un visitante en pocos días pase de la kafana al jazz, del teatro a una gran rumba en una bodega abandonada o en una casa flotante en el Danubio o a un cine alternativo.

Belgrado es comer proja (un pan de maíz exquisito), fríjoles, çorba (sopas espesas que pueden llevar pescado, pollo, papa, verduras al vapor, etcétera), sarma (una especie de rollos de arroz y carne envueltos en hojas de repollo), cevapcice (también rollitos que, guardadas las proporciones, vendrían a ser como el kebab de los turcos, con cordero, res o cerdo) o karadjordjeva snicla (un steak de cerdo o venado, con un queso llamado kajmak, jamón, papas y salsa tártara o mayonesa). Es brindar con un buen trago de rakija, una especie de brandy típico de los Balcanes, con un porcentaje de alcohol altísimo, que si es bueno de verdad (eso dicen), debe quemar la garganta cuando baja. Y dejarlo a uno con ganas de volver a pisar esta tierra. Belgrado es un presente que no tapa el pasado, pero quiere aprender de él y ser diferente. Es una sorpresa. No está de más repetirlo.

Laila Abu Shihab

Museos, barrios y tabernas que no puede dejar de visitar

Belgrado cada vez tiene más museos, pero los siguientes son imprescindibles:

Museo de Nikola Tesla (si es un apasionado de la ciencia), Museo Etnográfico (si le interesa saber más sobre la cultura y las tradiciones no solo de Serbia sino de todos los Balcanes) y La Casa de las Flores (que hace parte del complejo del Museo de Historia de Yugoslavia y sirve de mausoleo del mariscal Tito y de su esposa, si lo que le gusta es la historia).

No se vaya sin pasar una tarde o una noche en Skadarlija, el barrio bohemio de Belgrado, cuyo origen está en el siglo XIX. Muchos serbios lo llaman el ‘Montmartre de París’.

Para almorzar o comer, busque la taberna ? Sí, su nombre es un signo de interrogación cerrado. Es la más antigua que queda en la ciudad (1883) y sirve buena comida tradicional y buenos licores, entre ellos el ‘rakija’, por supuesto.

Si usted va

Documentos: los colombianos necesitamos visa para entrar a Serbia (con excepción de aquellos que tengan una visa Schengen, del Reino Unido o de Estados Unidos).

Idioma: aunque el alfabeto cirílico puede resultar todo un reto, no se estrese pensando en cómo entender y hacerse entender: la mayoría de los serbios habla un excelente inglés.

Recomendación: en Serbia aún no han prohibido, por ley, fumar en espacios cerrados (así como en varios países de Europa del este). Por lo tanto, en todos los bares, cafés y restaurantes tendrá fumadores al lado. Vaya preparado para eso.

Laila Abu Shihab*
Especial para EL TIEMPO
Belgrado (Serbia)
* Periodista y viajera. Su blog de viajes es www.puntosdequiebre.tumblr.com

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