Las víctimas serbias de la limpieza étnica

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Hace ahora 22 años, entre el 3 y el 5 de agosto de 1995, el ejército croata lanzó la Operación Tormenta (Oluja, en serbocroata). Se trataba de una ofensiva contra la autoproclamada República Serbia de Krajina, constituida en 1991 como respuesta al proceso de ruptura de Croacia con la República Federal de Yugoslavia. Las operaciones militares se dirigieron contra enclaves en la región protegidos por Naciones Unidas. Al final de la operación, la mayor parte de los serbios habían sido expulsados de la región ante el avance de las tropas croatas. El número de refugiados ascendió a 250.000 en tres días. A lo largo de un frente de 630 kilómetros, se sucedieron los actos de violencia y destrucción contra las casas, las iglesias y los cementerios de los serbios. Al cabo de diez días desde el comienzo del operativo, la presencia serbia en la Krajina había sido erradicada casi por completo.

Aparte de los serbios, pocos recuerdan en Europa esta tragedia humanitaria acaecida en el corazón del continente, delante de las cámaras de televisión y ante la inactividad de tantas ONG que prefirieron no desplegarse sobre el terreno en ayuda de los refugiados que huían del avance croata. Se conservan abundantes fotografías y vídeos de las columnas de serbios a la fuga. Me lo recordaba un amigo español hace pocos días: lo más conmovedor de esas imágenes no es la desesperación de los que huyen, sino su dignidad ante la tragedia. No instrumentalizaron su tragedia para la propaganda. Tal vez por eso el mundo la ha olvidado.

Las guerras de los 90 -deberíamos empezar a señalar que eran guerras civiles con la brutalidad añadida que eso conlleva- esas guerras, digo, se libraron a las puertas de la Unión Europea. Yugoslavia no se disolvió ni se descompuso. Fue destruida. Las consecuencias de esa devastación se dejan sentir en toda la región hasta la fecha. Con la guerra, llegó la propaganda y, de su mano, la mentira, las noticias descontextualizadas, el sesgo… A los serbios los presentaron como los culpables absolutos. Les colocaron la etiqueta de nacionalistas radicales, ultranacionalistas, fascistas. Esta última es un doble agravio si uno recuerda el sufrimiento de los serbios bajo la ocupación nazi. Jasenovac, Staro Sajmište y tantos otros lugares donde judíos, serbios y gitanos fueron exterminados deberían imponer un deber de memoria que Europa olvidó entonces y hasta cierto punto sigue olvidando.

Así, la historia de las víctimas serbias de aquella guerras -los muertos bajo los bombardeos, los refugiados, los expulsados de su tierra en Croacia y en la provincia de Kosovo y Metohija, los amenazados- se silenció casi por completo: apenas una breve cobertura en las noticias y después el olvido. Sin embargo, estos serbios también fueron víctimas de quienes decidieron arrasar sus pueblos, apropiarse de sus casas, profanar sus cementerios, destruir sus escuelas y borrar todo rastro de su presencia, que tenía más de siete siglos. No fue la primera vez que se perpetró contra ellos una destrucción sistemática. El Estado Independiente de Croacia (1941-1945) gobernado por Ante Pavelic ya lo había hecho. No debería sorprendernos el miedo que inspiró a los serbios de Krajina el nacionalismo de Franjo Tudjman. Deberían preocuparnos mucho, en cambio, los intentos de revisionismo histórico y de relativización de los crímenes cometidos por el régimen de los “ustashe” entre 1941 y 1945.

Al olvido, se sumó la deslegitimación que, ante la opinión pública serbia, sufrió el Tribunal Internacional de Justicia para la Antigua Yugoslavia. La absolución de Ante Gotovina, a quien primero había condenado la Corte, decepcionó a quienes habían creído que a los serbios también se les haría justicia. Las condenas de otros acusados por parte de los tribunales croatas han sido insuficientes y, en algunos casos, incluso benevolentes.

Todas las víctimas de las guerras de los 90 deben ser lloradas y recordadas, pero sigue pendiente una deuda de justicia con las víctimas serbias de aquellas guerras infames.

Miles de civiles serbios huyendo del ejercito croata. Agosto 1995

Aún hay que saldar una deuda de memoria con los refugiados y los expulsados de su tierra.

Aún tiene que entrar en el discurso cultural y en la memoria de Europa la historia de estas víctimas a los que pocos recuerdan fuera de Serbia y su diáspora.

Al deber de memoria, se une la obligación de actuar para reparar esta injusticia.

La Operación Tormenta, cuyo vigésimo segundo aniversario se cumple en estos días, sigue pesando sobre la memoria de nuestro continente, que tan rápido olvida algunas atrocidades.

Esta columna recuerda hoy a las víctimas serbias.

Fuente: elimparcial.es

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