Rey Milan y Natalia de Serbia II parte

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Las discusiones entre el matrimonio comenzaron a ser cuestión cotidiana, y cada vez más agrias. Ambos tenían puntos de vista diferentes en cuestiones de Estado, lo que pronto los llevó a encontrarse al frente de facciones opuestas. Milan se inclinaba hacia Austria, y Natalia hacia Rusia. 
 
La popularidad de Natalia, aunque grande, no se extendía a todo el mundo. En la corte había personas, especialmente mujeres, que la detestaban, y estaban dispuestas a recuperar la atención con la que en un tiempo las había distinguido Milan. Ellas no dejaban de emponzoñar el ambiente ni de indisponer a la princesa con su esposo. Una nueva barrera se alzó entonces entre ambos: los celos. 
 
En 1882 Serbia era reconocida como reino por las grandes potencias. Natalia, convertida en reina, era tan feliz que olvidó los sinsabores pasados y se propuso trabajar junto a su esposo para que su hijo Alejandro, al que ambos adoraban, tuviera el mejor futuro posible. Era la única descendencia que habían logrado, puesto que su segundo hijo tan solo había vivido cinco días. 
 
Pero la concordia no pudo ser. En 1885 estallaba la guerra entre Serbia y Bulgaria, con consecuencias desastrosas para Milan. Muchos consideraban que era Natalia quien la había provocado. Las peleas entre el matrimonio rebrotaron con más fuerza que nunca, y todo Belgrado hablaba de ello. 
El rey, desencantado, retornó a su viejo estilo de vida. Un oficial serbio escribía lo siguiente: “El castillo se halla sumido en total confusión; una escena escandalosa sucede a otra. El rey parece enfermo, como si no durmiera nunca. ¡Pobre hombre! Huye y busca refugio entre nosotros y juega a las cartas con los oficiales. A veces habla con amargura sobre su infelicidad conyugal… Los juegos de cartas, sin embargo, son su peor enemigo; serán su ruina”. 
 
Fue por entonces cuando surgió Artemisia Hristich en la vida del rey, una mujer muy inteligente y sin escrúpulos. Milan cayó en sus redes y se convirtió en su amante. Artemisia hacía de él lo que quería, y tal parecía que lo tuviera hechizado. La relación entre ambos era la comidilla en toda la ciudad. No había límite para las extravagancias de Artemisia. La mujer obligaba a Milan a caer en el ridículo con sus exigencias: le hacía dirigirse a su casa con enormes ramos de flores para que todos lo vieran. En una ocasión lo retuvo toda la tarde obligándole a dejar el carruaje real a la puerta de su casa, expuesto a la curiosidad pública. Los serbios se apostaban a lo largo del camino que hacía el rey para ir a verla en un coche lleno de paquetes de regalo. 
 
Fue más de lo que Natalia pudo soportar. Llevaba años padeciendo las continuas infidelidades de su esposo, entre cuyas aventuras se contaba incluso lady Randolph Churchill. La reina, furiosa y humillada, comenzó a conspirar. Aspiraba a destronar a su esposo y gobernar ella como regente durante la menor edad de su hijo.
La crisis alcanzó su clímax en 1887. Durante la recepción de Pascua en palacio, era costumbre que se procediera al besamanos entre las esposas de los oficiales del Estado y de los representantes extranjeros. En esta ocasión, cuando Artemisia avanzaba para recibir el honor, Natalia no solo le negó la mano, sino que volvió la cabeza despectivamente y se negó incluso a mirarla. La intervención de Milan no sirvió de nada: la reina no aceptó mostrarse condescendiente con “el último recipiente de los favores de su esposo”. Todo el mundo la oyó decir que nadie iba a dictarle cómo debía tratar a las amantes de su marido. 
 
La bronca conyugal que siguió a esa escena fue tremenda, una abierta declaración de guerra entre ambos. Ya no cabían los dos en Serbia. Uno de ellos debía irse. Fue Natalia quien abandonó el palacio llevándose a su hijo y se dirigió a la Crimea rusa. 
 
El rey, furioso, deseaba el divorcio inmediato, pero el emperador Francisco José le disuadió. Le recordó que Natalia aún era el ídolo del pueblo, y gozaba de mayor popularidad que él. Ahora, como esposa ultrajada, recabaría muchas más simpatías aún. 
 
Al cabo de pocos meses la reina regresaba y procedía a reconciliarse con su esposo. Él, mientras tanto, continuaba su relación con Artemisia, de quien tenía un hijo. Natalia no se quedó mucho tiempo en Belgrado, sino que obtuvo permiso para emprender un nuevo viaje por Italia en compañía del heredero. Cuando regresó, se reanudaron las intrigas, y en 1888 abandonaba de nuevo la corte para establecerse en Wiesbaden. 
Esta vez no parecía tener intención de regresar, lo que hubiera sido un alivio para Milan si no fuera porque el pequeño Alejandro seguía con ella, y Natalia se negaba a entregarloEl rey le comunicó a su esposa mediante un telegrama que había iniciado los trámites del divorcio. Luego envió a sus hombres para llevarse a su hijo por la fuerza si fuera necesario. 
 
Cuentan que cuando el general Protitsch irrumpió en la habitación en la que estaba la reina con su hijo, se encontró con una pistola apuntando a su cabeza. La mano que la sostenía no temblaba. 
 
—Si da un paso más, disparo —lo detuvo Natalia. 
 
Protitsch consiguió hacerle deponer su actitud, y finalmente se las arregló para llevarse al niño, pero desde ese instante la reina odiaba a Milan más que nunca. Se rebeló contra la demanda de divorcio, que juzgaba injusta y humillante, puesto que consideraba que ella no había faltado nunca a sus deberes como esposa. 
 
El pueblo se había volcado del lado de la reina, y la posición del rey se había vuelto insostenible. Los serbios veían en él a un nuevo Enrique VIII maltratando injustamente a Catalina de Aragón para poder casarse con su amante. Para precaverse contra tal eventualidad, el Parlamento aprobó una ley excluyendo de la sucesión a cualquier hijo que el rey tuviera de un segundo matrimonio. 
Milan estaba cansado; ya no sentía deseos de luchar por su corona. Solo quería casarse con Artemisia. Si abdicaba, tal vez podría hacerlo, al tiempo que el reino se salvaría para su hijo. 
 
En marzo de 1889 presentaba su renuncia. Esa mañana él mismo despertaba a Alejandro diciéndole: “Buenos días, Majestad”. Después de eso designó a los regentes que gobernarían hasta que alcanzara la mayoría de edad. 
 
Natalia creyó que ahora que era su hijo quien se sentaba en el trono, ella podría regresar a Belgrado y recuperar el poder, pero se equivocó. Conociendo su carácter dominante, los regentes estimaron más conveniente mantenerla alejada, permitiéndole ver a su hijo tan solo dos veces al año, algo que ella se negó a aceptar. Avisó que acudiría a visitar a Alejandro y se presentó en Belgrado el 29 de agosto de 1889. El pueblo la recibió con entusiasmo, pero la regencia le negó el tratamiento real. Cuando ella insistió en que seguía siendo la legítima reina de Serbia, se le prohibió ver a su hijo. 
 
En abril de 1891 Milan anunció su intención de abandonar el reino. El Parlamento invitó a Natalia a hacer lo mismo, pero ella se negó, diciendo que solo se iría si la echaban por la fuerza. Cuando la policía trató de expulsarla, la reacción de la reina fue abrir la ventana y pedir auxilio a gritos. Una multitud de ciudadanos acudió a su llamada. La muchedumbre se enfrentó a los soldados, que optaron por retirarse para no provocar una matanza. Pero no se trató de una victoria duradera: esa noche, cuando los ánimos se habían calmado y la gente había regresado a sus casas, la guarnición militar de Belgrado se ocupó de que la reina partiera hacia el exilio. 
Dos años más tarde su hijo la desagravió y le devolvió sus derechos. A partir de entonces Nataliarepartía su tiempo entre Belgrado y Biarritz, pero ya nunca volvió a recuperar el poder de antaño. 
 
Milan se retiró a París. Allí pronto dejó incluso de ser una novedad, y paseaba por las calles sin ser notado. Los propietarios de los restaurantes dejaron de contarle a la gente que el caballero de bigote allí sentado había sido el rey de Serbia. Artemisia, mientras tanto, vivía en Estambul con su hijo. Ella también había logrado el divorcio de su primer esposo, y esperaba a que su amante la reclamara para casarse con ella. Pero él ya había cambiado de opinión
 
Alejandro, tras tomar las riendas del gobierno, llamó a su padre a su lado. Pero por el camino Milan decidió hacer un alto para visitar a Natalia en Biarritz. El encuentro entre ambos fue sumamente emotivo, y de él salió una nueva reconciliación y la decisión de revocar su sentencia de divorcio por el bien de Alejandro. 
 
Cuando Artemisia se dio cuenta de que su oportunidad había pasado, pretendió incluir a su hijo Jorge en la línea de sucesión al trono, pero como no tenía medios con los que llevar a cabo sus ambiciosos proyectos, decidió chantajear a Milan con la amenaza de publicar las cartas que durante años le había escrito prometiéndole matrimonio. En 1894 Alejandro pidió al sultán que se incautara de todas esas cartas. Cuando la policía se presentó a buscarlas, ella dijo que necesitaba dos o tres días para reunirlas todas, y aprovechó ese tiempo para copiarlas, aunque los originales fueron a parar a manos de su amante. 
En 1897 Milan era nombrado comandante en jefe del ejército serbio. Las buenas relaciones con su hijo solo se resintieron cuando este se casó con Draga en julio de 1900. Entonces dimitió de su cargo, y Alejandro, enojado, lo envió al destierro. Meses después, el 11 de febrero de 1901, Milan fallecía en Viena a consecuencia de una gripe. 
 
Natalia tuvo una larga vida. Vivió lo suficiente para conocer la noticia del asesinato de su hijo, junto con su esposa. Aún cumpliría 38 años más, pero dicen que desde ese día nadie volvió a verla sonreír.
Fuente: http://themaskedlady.blogspot.cl

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