Rey Milan y Natalia de Serbia

812
Los enemigos del príncipe Miguel de Serbia no solo eran numerosos, sino también poderosos. Un hombre en particular, Alejandro Karageorgevich, lo detestaba profundamente. Miguel pertenecía a la Casa de Obrenovic, mientras que Alejandro era miembro de la familia rival y aspiraba abiertamente a ocupar el trono. 
 
Un día, en junio de 1869, mientras Miguel paseaba en calesa acompañado de tres mujeres por el parque de Topfschider, su residencia de verano favorita, le salieron tres hombres al encuentro. Al pasar al lado del príncipe lo saludaron respetuosamente. Él les devolvió el saludo y continuó su camino, pero antes de que hubiera conseguido avanzar mucho se escuchó el perturbador sonido de las balas rompiendo la quietud de aquella mañana de verano. El príncipe Miguel yacía muerto. 
 
Todo el mundo se mostró convencido de que Alejandro había sido el instigador del crimen. El pueblo había amado al príncipe, y ahora se apresuraron a impedir que los Karageorgevich lograran sus fines agrupándose en torno al que era el legítimo heredero: Milan Obrenovic, un chico de apenas 14 años. 
 
El problema sucesorio había preocupado a Miguel durante mucho tiempo, puesto que no tenía hijos. Pocos años antes de morir recordó que su tío Jefrenn tenía un nieto: un hijo de Jefrenn se había casado con una tal Elena María Catargiu, y de ese matrimonio había nacido un niño en Moldavia. El nacimiento del niño, al que llamaron Milan, había tenido lugar durante el exilio de la familia, en el periodo en que los Karageorgevich se habían hecho con el poder en Serbia. El matrimonio fue un desastre; al cabo de dos años terminó en divorcio, y poco después el padre moría combatiendo como mercenario contra los turcos en el ejército rumano, cerca de Bucarest. A falta de otro pariente vivo más próximo, Milan era el heredero del trono de Serbia. 

Miguel buscó a su primo y lo encontró en Bucarest. Su madre, que llevaba una vida licenciosa en la corte del príncipe Cuza de Rumanía, se mostró encantada de desembarazarse de él y traspasar sus obligaciones a otros. Para ella Milan era un estorbo: ahora se había convertido en la amante del príncipe rumano, con quien tenía dos hijos. La esposa de Cuza, que no había tenido ninguno, los educaba como propios, y uno de ellos se convirtió en el sucesor de su marido. 

Miguel Obrenovic
 

Cuando Elena María envió a su hijo a Belgrado, expresó la esperanza de que a su sobrino le agradara el niño. Era un sarcasmo. De hecho Milan había sido completamente descuidado, y era ahora una criatura en estado salvaje. No sabía leer ni escribir, nunca había estado en Serbia ni hablaba el idioma; no tenía modales. Miguel estaba desesperado, pero su insistencia pronto comenzó a dar frutos. Educó al niño en el prestigioso colegio Louis-le-Grand de París, obrando el milagro de convertir en poco tiempo al pequeño salvaje en un caballero. Resultó que Milan era muy inteligente, aprendía rápido y además le gustaba. Ponía interés en todo excepto en una materia: el arte de la guerra. Esto preocupaba enormemente a sus tutores, puesto que Serbia era un Estado en conflicto permanente, y su gobernante debía ser el jefe del ejército. A pesar de este problema, Miguel se mostraba muy satisfecho. 

Milan Obrenovic
 
—Estoy orgulloso de mi sucesor —declaró en una ocasión—. Mi reino y mi gente quedarán en buenas manos. 
 
Eso fue unos días antes de su muerte. El asesinato convertía a Milan en príncipe de Serbia a la edad de 14 años. Cuando aparecía en público era saludado con alegría, la corte entera lo adoraba y los ministros permanecían leales. Pero no tenía edad suficiente para empuñar las riendas del gobierno, de modo que se decidió que su formación debía continuar durante la regencia. Se consideró igualmente necesario alejarlo de la adulación exagerada que recibía en Serbia. Viajar y conocer mundo le haría ganar en experiencia. 
La idea era buena. No así el tutor que se designó para acompañarle. En las capitales que visitaban, Milan aprendía más “de las sutilezas del placer y del delicado arte de gastar dinero que de cuestiones de Estado”. 
 

A su regreso a la corte de Belgrado causó algunas inquietudes en aquellos que velaban por él. Se comprendía que se sintiera atraído por las bellezas que le rodeaban, y que cometiera algunas indiscreciones de juventud, pero todo tenía un límite, y el príncipe siempre lo traspasaba. No podía ser que un hombre, “cuya función en la vida es dirigir a otros, coloque el placer antes que el deber y permita que el egoísmo anule su buen juicio”. 

Natalia de Serbia
 
El remedio para hacerle sentar la cabeza solo podía ser uno: Milan debía casarse. Era preciso encontrarle una esposa a la que pudiera amar y que fuera capaz de hacerle apartar los ojos de las mujeres de la corte. Una candidata que también fuera amada por el pueblo Serbio. De ese modo se solucionaría, además, el problema de la sucesión. 
 
A Milan no le desagradó en absoluto la idea. De inmediato se aplicó a la labor de elegir esposa, pero pronto descubrió que no era fácil encontrar una mujer adecuada “para un príncipe cuyo trono se asentaba sobre arenas movedizas”. Fue una humillación que incluso un simple conde húngaro lo rechazara como esposo para su hija. Desde ese momento el príncipe no soportaba que se hablara de matrimonio en su presencia. 
Milan continuó con su vida desordenada hasta el día en que conoció a una hermosa joven de 16 años, hija de un coronel ruso y una princesa moldava. Durante la guerra de Crimea el coronel había sido herido en el transcurso de los combates de Silistra, y fue evacuado a Iassy, en Rumanía. Allí conoció a su futura esposa, Pulqueria. La ceremonia estuvo rodeada de fasto, puesto que el coronel amaba el lujo. La novia llegó a la iglesia en un trineo tirado por seis ciervos de cuernos dorados y que se deslizaba sobre una gruesa capa de azúcar que hizo después las delicias de quienes asistieron a la boda. El matrimonio se instaló en Florencia, donde esperaban que el clima mejorase la débil salud de Pulqueria. Allí nació la mayor, Natalia, a quien llamaban Dudu
 
Se decía que, siendo niña, una adivina le había vaticinado que un día sería reina. Probablemente eso era lo que solían decir las adivinas en aquel tiempo, dada la gran cantidad de anécdotas similares de las que ha quedado constancia. Y a veces, naturalmente, acertaban. Lo curioso es que en este caso no solo le había predicho que alcanzaría una corona, sino que también la perdería. 
 
Fue en Viena donde Natalia hizo sus primeras apariciones en sociedad, con tanto éxito que no dejaba de tener pretendientes revoloteando a su alrededor. Se decía que cada mes recibía varias proposiciones, y todas las rechazaba. Pronto acaparó la atención del príncipe Milan, que se enamoró de ella y tuvo la dicha de ser correspondido. La joven aportaba una fortuna al matrimonio, pero no fue eso, sino su belleza y su ingenio lo que deslumbró al príncipe de Serbia.
Allá en Viena se celebraron los esponsales. El matrimonio tendría lugar posteriormente en la catedral de Belgrado, el 17 de octubre de 1875. Pero ese día, cuando la novia caminaba hacia el altar, la cola de su vestido se enredó. Los invitados contuvieron el aliento: todos lo interpretaron como un mal presagio para ella. 
 
Durante los primeros tiempos ambos fueron felices, especialmente cuando nació su primogénito un año después de la boda. Natalia se mostraba amable, caritativa y consciente de sus deberes, y su encanto le ganó una popularidad que nunca llegó a perder. Pero la posición de consorte no la satisfacía plenamente. Ella ambicionaba el poder, y estaba decidida a tener influencia en el gobierno de Serbia. Su marido la amaba y trataba de complacer sus deseos, pero no estaba dispuesto a compartir la soberanía…
 
 
Fuente: http://themaskedlady.blogspot.cl

Comentarios

SIN COMENTARIOS