Tomar una birra con tu difunto y otras rarezas de los entierros en los Balcanes

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 se adentran fascinados en los cementerios ortodoxos de los Balcanes. Aquí nadie se sorprendería si le dices que un sábado por la mañana el cementerio de su pueblo o su ciudad se parecía más a un bar, con una barra montada al lado de las tumbas con todo tipo de alcohol, desde nuestro licor local, rakija, a cerveza, y abundante comida para picar: pitas, quesos, carnes, dulces. De todo. Y en un entorno que es cualquier cosa menos discreto. Hay estatuas de tamaño real de los difuntos, escudos de clubes de fútbol en las lápidas, si fueron escritores lo señalará un libro esculpido. Es difícil no apartar la vista de tanto detalle. Pero empecemos desde el principio.

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¿Qué ocurre aquí cuando te mueres? Tradicionalmente, lo primero es que venga algún amigo o vecino de confianza a lavar el cuerpo del fallecido. Sí, se le limpia en su propia casa y se le viste con un traje o vestido, si es mujer, que normalmente ha sido elegido cuidadosamente muchos años antes para la ocasión.

Después se introduce el cuerpo en el ataúd y se coloca en el centro del salón de la casa siempre con los pies orientados hacia el Este. Ahí se le vela una noche entera. Vienen más vecinos y amigos para poner una vela y dar una vuelta alrededor del ataúd. Si no hay factores que lo impidan, el funeral estará completamente organizado para el día siguiente. El sitio en el cementerio también ha sido elegido desde hace muchos años y solo hay que excavar la fosa, de lo que se ocupará rápidamente un grupo de hombres del pueblo.

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Mientras esto ocurre, las vecinas y las mujeres de la familia se dedican a cocinar. A preparar mucha comida. Cerdo asado, sarmas (plato similar al cocido o la fabada), ensaladas, etc… para toda la gente que vendrá al funeral. Muchos de ellos solo acudirán porque saben que determinada vecina prepara las mejores sarmas del pueblo. No en vano, son muy habituales los chistes sobre la gente que solo se presenta a los funerales para comer y beber bien.

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Mientras el fallecido esté en casa, todos los espejos deben estar cubiertos para que, según se dice, el muerto no se refleje. No se podrá tampoco encender la televisión ni poner música. En resumen, no se debe oír ni una mosca, porque entonces cualquier vecina pensará que no estás sufriendo. Eso que se recomienda en otras partes de distraerse con cualquier cosa para evitar el dolor aquí está desaconsejado: hay que pasarlo mal.

Cuando todo está listo, se fija una hora con el sacerdote local y su ayudante que viene sobre todo a cantar las partes de las oraciones a las que la voz del cura ya no llega. Mientras canta, el cura agita un incensario alrededor del difunto. El sentido de sus rezos a veces puede irritar a los no creyentes, especialmente cuando viene a decir «si ha sido un buen hombre, resucitará». Yo siempre he tenido ganas de preguntarle en estos momentos quién decide si ha sido un buen hombre y si nos puede explicar cuánto tiempo hay que esperar exactamente para que resucite. Tampoco es de extrañar que se atreva a pronunciar unas palabras sobre el muerto, a menudo sobre si era un buen o mal creyente.

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Luego al cementerio se va caminando detrás del coche fúnebre. Mientras se entierra el féretro, hay una serie de mujeres mayores del pueblo que se dedican a llorar escandalosamente diciendo incoherencias en voz alta. Son las llamadas narikače, como las plañideras españolas. Estas pueden cobrar o no. Generalmente lo hacen por afición.

Conforme los invitados se va marchando, los niños o los más jóvenes de la familia han montado un puesto al lado para que la gente se sirva un vaso de vino y coma una pasta dulce de trigo cocido, que se llama panaija, por el alma del difunto.DSC_3399

Hay diferentes formas de dar el último adiós según de quien se trate el fallecido. Si es militar, es muy normal que sus compañeros de armas disparen unas salvas de honor en su memoria en mitad del cementerio. Si era de alta graduación, un escuadrón uniformado se encargará de pegar los tiros. En otras ocasiones, hay quien puede dejar el deseo de que en su funeral toque la orquesta de gitanos de su kafana (restaurante tradicional donde la gente canta y se emborracha hasta altas horas) favorita. Si dos entierros de estas características coinciden una misma mañana te puedes quedar estupefacto.

Por aquí también se dice que la única forma de reunir a toda la familia es en bodas y funerales. Pero en Montenegro se lo toman tan a pecho que hay casos en los que en los funerales se contrata a cámaras profesionales para que graben toda la ceremonia y envíen un DVD a cada miembro de la familia con el entierro convenientemente editado.

A continuación todo el mundo se va a casa del difunto para, por fin, comer y beber. De nuevo, todo por su alma. Digamos que esta premisa se entiende de forma tan literal que al alma del difunto no le faltará comida durante los próximos diez años. Ni resaca.

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Al día siguiente, la familia tiene que salir a la tumba de nuevo a poner una vela. Volverá también después de una semana. Aunque hay pueblos que lo hacen cada mañana durante cuarenta días. Es porque se cree que el alma del difunto está presente durante cuarenta días antes de subir al cielo o lo que le corresponda. Ocurre lo mismo con la ropa. Hay que llevar el luto durante un año. Si te lo quitas un día antes, los vecinos se creerán con derecho a tacharte como esa que no quiso a su marido, padre o madre.

Al cabo de ese año, dice la cultura popular que ha llegado el momento de demostrar de verdad cuánto has querido al difunto. Es el momento de instalar la lápida. Ahí está la hora de la verdad, la de la creatividad, que hace que nuestros cementerios sean únicos.

Mientras que en otros cementerios europeos solo se destaca quién era el muerto si en vida fue una celebridad, un artista o un cantante, en los Balcanes no. Aquí todo el mundo es importante. En las lápidas figura la profesión del muerto, tanto si era profesor, dentista o escritor. Puedes ver que incluso en algunas de jóvenes dice «alumno». Si fueron actores, tendrán unas milenarias máscaras del drama señalándolo.

Si se trata de un futbolista, puedes verle a él esculpido en la lápida con la camiseta de su equipo. Si no militó en un club de renombre, tampoco importa, un muñequito chutando una pelota nunca faltará en una esquinita. En realidad, a veces lo tomamos como una competición: si el vecino pone una lápida grande, el siguiente la pondrá del mismo tamaño y añadirá una estatua y así sucesivamente.

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Nada de esto quita, en cualquier caso, que en los cementerios también haya zonas VIP. Como en el de Novo Groblje, en Belgrado, que ya de por sí es un cementerio exclusivo reservado para la gente más importante del país donde abundan parcelas señaladas de toda clase. Hay por ejemplo una zona para los soldados italianos muertos en la I Guerra Mundial en estas latitudes, igual para los franceses y para los locales, que se distinguen fácilmente por el lustre de sus bigotes.

También hay zonas reservadas para los comunistas y son inconfundibles. Tal vez en su afán por distinguirse de la religión y su característico diseño racionalista las tumbas y su disposición parecen más propias de una civilización alienígena de una lejana galaxia. Entre estas lápidas podemos leer los diferentes méritos de los comunistas en cuestión. Si fue brigadista en la Guerra Civil española, partisano de la II Guerra Mundial… Estos últimos tienen diferentes placas y emblemas para señalar en qué batallas lucharon, lo que se señala con alusiones a los spomenik conmemorativos de las batallas contra los alemanes que tienen cierto éxito en internet.

Hasta los que fueron ajusticiados por los nazis cuentan con una horca como lápida para que no se olvide cómo fueron asesinados cobardemente. En cambio, lo que sí que tienen en común todos los cementerios es cómo se cuidan y la atención que se presta a los muertos, incluso muchos años después del funeral. No es sorprendente encontrarse a una mujer cortando el césped y limpiando no solo la tumba de su familiar, sino también las que están alrededor. A veces estas personas han recorrido muchos kilómetros para adecentar las lápidas.

Los días señalados para visitar a los muertos son sagrados, no se saltan bajo ningún pretexto. Si te lo saltas, ya puedes esperar una llamada de tu prima, por ejemplo, que muy sutilmente te echará en cara que ella sí que estaba ese sábado y se pasó horas cortando el césped.

Habitualmente, también se llevan flores. Pero mucho cuidado con el número que tenga el ramo. Siempre tienen que ser pares. Es una forma de simbolizar que se cierra el círculo de la vida. Ramos de flores impares solo se llevan a las fiestas y las bodas.

Con las horas que nos pasamos en los cementerios no es tampoco extraño que casi cada tumba tenga un banquito acoplado para poder sentarse y fumar un cigarrito. O dos, mejor dicho. Porque debes encender dos, uno para ti y otro que se clava en la arena o en alguna ranura de la lápida para el muerto. Ahí se deja hasta que no se apague. Lo mismo rige para la cerveza o una copita de rakija. Lo único es que con la bebida, antes de dar un trago, lo que tienes que hacer es echar un poco al suelo para su alma. Y has de decirlo en voz alta tantas veces como pimples. Estas escenas, la de alguien bebiendo con su viejo amigo, o su padre, madre, quien sea, son las más corrientes en nuestros cementerios. Raro es que no te encuentres con una.

Por otra parte, cuando el cementerio queda lejos, también se puede homenajear al muerto encendiendo una vela en una iglesia. Pero esto también tiene sus normas. Hay dos recipientes para colocar los cirios, el que está más elevado es siempre para los vivos, el de abajo para los muertos.

Con el crecimiento de las ciudades y la vida urbana, muchas de estas costumbres se van perdiendo, pero no muy deprisa. Encontrarás muchas si recorres los cementerios ortodoxos de los Balcanes; lugares donde también se puede apreciar con toda claridad el legado histórico de la región. No es extraño toparse en pocos metros tumbas austrohúngaras en alemán, lápidas en hebreo de judíos de antes y después del Holocausto o estrellas rojas y puños cerrados en las tumbas de los comunistas. A veces también con cruces incorporadas a la iconografía socialista, en un contundente ejercicio de lo que se llama en España «poner una vela a Dios y otra al diablo». Un ejemplo perfecto de nuestra diversidad.

Fuente: yorokobu.es

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